jueves, 2 de agosto de 2018

TERTULIA POLÍTICA

Hasta del miedo nos despojaron

Pedro Martínez Serrano
Primero nos robaron la seguridad; luego nos robaron la tranquilidad; nos despojaron también de la política; saquearon el estado; enloquecieron. Pisotearon la dignidad de políticos y periodistas, último muro de contención del abuso del poder. Fue tanto lo que nos robaron, que hasta del miedo nos despojaron.
        Graco Ramírez se va de Morelos por la puerta de atrás; por el túnel que confunde el camino a la huida y la entrada a los sótanos de las cárceles de alta seguridad, en donde se va a encontrar con los capos del crimen organizado, con los que negocio a pedazos el Estado, a los que también adeuda y mucho. No les cumplió compromisos, porque antepuso intereses familiares y de su jefe de policía, Jesús Alberto Capella Ibarra, a los negocios que suscribió de palabra con quienes nunca se debió involucrar y lo hizo.
        Hoy Graco ya anda de huida, trata se tender puentes, pero nadie le ayuda a colocar el andamiaje que les de fortaleza. Toca puertas, que se le estrellan en la cara. El tabasqueño más odiado en Morelos, jura y ofrece nuevas lealtades. Está desesperado. Sabe que el reloj, el plazo, el tiempo se agotó y sus días están contados para llegar a la cárcel.
        La pócima que tomó Graco Ramírez durante años, para fortalecer y vitaminar su ascenso en la política, fue la difamación y, para construirla se ayudó de criminales que tejieron historias de desprestigio contra todos sus adversarios. Yo mismo, ante mi negativa a integrarme a su focario fui víctima de durísimos golpes que se idearon y distribuyeron desde escondites palaciegos; ocupó lo mismo a “periodistas” que a mercenarios que colocan conciencia, pluma y cuerpo, a gusto del que paga y el que siempre pagó, fue su enloquecido hijastro, Rodrigo Gayosso Cepeda.
        Echó en el mismo costal del desprestigio y la difamación, entre otros, a mi amigo Federico Figueroa, hermano del inolvidable cantautor Joan Sebastian, a Jorge Carrillo Olea, ex gobernador de Morelos, se cansó de acusarlo de secuestrador y ladrón; a los panistas Sergio Estrada y Marco Adame, los exhibió siempre como cómplices de criminales. Nunca probó nada.
        Ante el rabioso acoso y la feroz difamación, Federico Figueroa se apersonó lo mismo ante la fiscalía estatal, que ante la Procuraduría General de la República (PGR), para retar: “si algo debo ante la justicia, vengo a que me detengan”. No pasó nada. Fede como lo llamamos sus amigos, siguió trabajando en lo que sabe los eventos masivos y presentación de espectáculos.  
        El blanco más golpeado, más lastimado y más atropellado por Graco Ramírez y los “perros” que le hacían coro a sus ladridos a la luna, fue el general en retiro, Jorge Carrillo Olea, el ex gobernador que fue depuesto del cargo en Morelos, por órdenes del peor presidente que hemos sufrido los mexicanos, el pusilánime y cobarde Ernesto Zedillo Ponce de León y operación mediática del odiado tabasqueño que ya anda de huida.
        Hace años, en una conversación con un político, hoy a punto de la desgracia, precisamente sobre Jorge Carrillo Olea, le reiteré mi certeza de que no hay plazo que no se cumpla y, desde luego, que tenía la impresión de que Don Jorge tenía como premisa la idea aquella que dicta: “hay que saber esperar… ¡Para pasar a cobrar!”
        Hoy, Carrillo está cerca de los principales centros del poder y desde la prudencia y sensatez que lo ha caracterizado, aconseja al presidente de la república electo, Andrés Manuel López Obrador, precisamente en temas de seguridad. Es un hombre experimentado, que entre sus servicios a la nación, se encuentra la creación del Centro de Inteligencia y Seguridad Nacional (CISEN).
        Creo que para Carrillo Olea llegó la hora de pasar a cobrar; y lo va a hacer. Me dicen que se entrevistó con Cuauhtémoc Blanco, el gobernador electo; el joven futbolista preocupado por lo que acurre en Morelos, con la ejecución de líderes sociales, como Romualdo Ixpango Merino; el linchamiento social que desborda y se manifiesta con hechos como el del colombiano Ricardo Alonso Lozano Rivas, ahorcado en la plaza principal de Tetela del Volcán; también con la torcida aplicación de la justicia, exhibida con el tema del empleado de Go-Mart Acapantzingo, que presuntamente asesinó a un asaltante.
        Hoy Morelos vive un clima de alta explosividad, que se agudiza por la ingobernabilidad que atiza y permite Graco Ramírez; busca irse haciendo el mayor daño posible. Hoy a Graco ya no le importa nada, ni siquiera que ocasionalmente saquen a reos del penal de Atlacholoaya a cometer ejecuciones.
        Y ante lo que sucede, creo que el próximo gobernador debe empezar a mostrar a su gabinete, un gabinete fuerte de morelenses bien nacidos e identificados con las mejores causas de los morelenses. Creo que ya hay nombres de hombres y mujeres que, sin embargo, antes de siquiera saber si van, ya cometen errores graves. Basta echarle un vistazo a las redes sociales, para acreditar que su tamaño es muy, mucho muy reducido, para la altura de miras que se ocupa en la reingeniería que le urge a la administración pública. 

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