lunes, 25 de marzo de 2019


Dónde estuve y por qué no fui…


A mi amigo Paco Guerrero Garro


A Colosio le va a quedar chica
la historia: Pancho “El Pelucas”

¿Qué pasó maestro, cómo va la semana; habrá chance de que me pele la cabeza?
Así saludé el miércoles 23 de marzo de 1994 a Pancho, mi peluquero y amigo.
“El Pelucas” era un caballero y “cabellero” (como yo le decía) educado, al que conocí por allá del 73, cuando a Anastacio Martínez, Tachito como le gustaba que lo llamaran, aunque la mayoría de los carpinteros, de los que era el mejor, apodaban el Trompas, le dio por ir a los grupos de la doble A. Decidió dejar de tomar y, desde que fue a su primera junta y hasta que murió, jamás volvió a tomar esa primera copa, de la que hablan los Alcohólicos Anónimos.
        Pancho “El Pelucas” era un padrinazo, desde finales de los 60´s; era estudioso del programa y solidario con los desafortunados que vivían esclavizados al alcohol. Dicen que en la tribuna era muy bueno y por eso, tenía mucha agilidad mental que lo hacía bueno pa´l albur.
Mientras no tenía a alguien en el sillón de pellejo; “esta no es piel, ni vinil, ya es el puro pellejo, pero todavía funciona bien”, comentaba a manera de broma y albur, golpeando con ligeras palmaditas el vetusto sillón, parte central de sus herramientas de trabajo.
Para entonces ya tenía yo algunos años en el periodismo, improvisado y provinciano, como soy yo, por eso de vez en vez, el generoso “Pelucas” me hacía plática sobre política. Ese día no fue la excepción. Serían las 6 de la tarde, 6:15 a lo más, cuando llegué a la peluquería.
Ya sentado en el “sillón de pellejo”, la conversación nos llevó al tema central de la política en aquellos años: la sucesión presidencial. Al maestro Pancho le gustaba leer; tenía siempre en su mesita de espera, las revistas Siempre, Impacto y, ocasionalmente, Proceso. Recuerdo que le gustaba leer a Marco Aurelio Carballo, a Rafael Cardona y, claro, a don Julio Sherer, tanto como a Vicente Leñero: “esos cuates son muy buenos, me gustan mucho sus análisis”.
Oiga, siempre me habló de usted, como escuché que trataba a todos sus clientes, “Cómo ve a Donaldo Colosio, como que se les está saliendo del carril; a mí se me hace que va a ser un buen presidente; A Colosio le va a quedar chica la historia, para registrar todo lo bueno que va a hacer…
Fanfarrón y lucido como siempre he sido, mi respuesta se dirigió a presumir en aquel momento, lo que unos días antes me había hecho enfurecer:
─ Fíjese maestro que en este momento estaría yo en Tijuana. Me invitó uno de los colaboradores más cercanos de Luis Donaldo Colosio. Tenía que haber volado hoy muy temprano de la Ciudad de México a Tijuana. Había un lugar para mí en el chárter, en el que se fue gente del candidato…
─ Mire usted, me respondió como dándome “el avión”, porque seguramente creyó que lo estaba cuenteando.
Y no, no era ninguna mentira, era la pura verdad, días antes, en una comida en el domicilio particular de Jorge Armando Meade Ocaranza, allá en una de las privadas de la colonia Las Palmas de Cuernavaca, fui invitado a comer, junto con un grupo de periodistas, para saludar a Víctor Manuel Palma César, colaborador cercanísimo, hombre de confianza del abanderado presidencial.
Durante la plática, en la que estoy seguro que estaban Héctor Ibarra Rueda, Hugo Calderón Castañeda y Guillermo Cinta Flores, fui arrinconando el tema para hablar de Tijuana, de una visita que había yo hecho al comité municipal de PRI, que presidía entonces Antonio Cano, para preguntar por Leonardo Ochoa Mérida (qepd), ya ex delegado del CEN del PRI en Morelos y encargado de alguna de las áreas administrativas más importantes de la campaña presidencial.
Víctor Samuel Palma habló muy bien de Leonardo Ochoa y nos soltó sin rodeos: “Voy a pedir que los inviten a la gira que va a realizar Luis Donaldo (siempre se refirió a él con familiaridad, con la confianza que da el ser amigos) a Tijuana; les van a llamar”.
Y así en medio de anécdotas y recordatorios familiares afectuosos, como el caso de su padre, Don Víctor Palma, que trabajo en la Cervecería Corona y mi tío el Trompas, Tachito, que hizo lo mismo, sólo que como contratista, se dio la reunión que concluyó con afectuosos estrechones de mano. La invitación quedó hecha.
Pasó el tiempo y, de repente sonó el teléfono, estoy seguro que en mi casa. Vivía yo en el departamento 310, del edificio ubicado en Galeana 4 (hoy 6), exactamente atrás de Palacio de Gobierno.
        ─ Es usted el señor Pedro Martínez, me dijo la persona del otro lado de la línea telefónica.
        “Le hablamos de la oficina del candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio Murrieta, para invitarlo a su gira por Tijuana; tiene usted un lugar designado en el vuelo chárter que los llevará a aquella ciudad… Lo único que debe hacer es presentarse en la sala (no recuerdo el número) a las 7 de la mañana”, creo que el avión salía a las 7:45.
        Previo al viaje a Baja California, comenté en el periódico, debe haber sido El Vespertino de mi querido amigo y maestro Carlos Cedano Vázquez, que me habían invitado.
        Creo que fue un error que mi amigo Víctor Hugo Bolaños se enterara, no sabía escribir, ni tenía idea de dónde colocar un punto o una coma (cuando terminaba un texto, era cínico, ponía muchas comas y muchos puntos, para que quien le corrigiera, lo hice en muchísimas ocasiones, las y los pusiera en donde correspondiera), pero era bueno para la lisonja, para servir de patiño a quienes servía. No sé si siga igual. Me dicen que ahora es el hombre de confianza de Jesús Alberto Capella Ibarra.
        Cuando le pedí permiso a Carlos Cedano, creo que me dijo: véalo con Bolaños y Víctor Hugo, tronando los dedos mientras abanicaba las manos, me empezó a echar un cuento, largo y cargado de argumentos sin valor, supongo que era pura envidia por haber sido ignorado. Él creía que era una invitación el periódico, ignoraba que la atención era personal, gracias a la intervención de Víctor Samuel Palma, de quien años más tarde se hizo empleado.
        La “peluqueada” con el gran Pancho “El Pelucas”, ahí en la calle de Hidalgo, a la vuelta de mi domicilio, en donde compartía el negocio con el maestro Toño, que ya debía haber muerto, se prolongó hasta por ahí de las 7 de la noche. Me despedí porque me dio la impresión que empezaba a llover; una ligera brisa, pero la lluvia se asomaba.
        Llegué a “La Ballena”, la marisquería que tuvieron durante más de 4 décadas los papás de Dolores, mi esposa, Toño Nava y Hortensia Lazos y platiqué un par de minutos con uno de los asiduos clientes del billar que atendía el español Paco Sendón. Era un taxista setentón y larguirucho, que no había vez que no entrara y preguntara: por aquí pasa el Metro para San Antón.
        Cuando abrí la puerta de mi casa, estaba prendida la televisión, no sé en qué canal, prendí el (la, dicen que debe decirse correctamente) radio, estaba una de las emisiones del noticiero que compartía Pedro Ferriz con Carmen Aristegui y Javier Solorzano; creo que sí eran ellos. Se hablaba ya del atentado en contra de Luis Donaldo Colosio Murrieta, en Lomas Taurinas, en Tijuana.
Repentinamente se mandó a corte y apareció a cuadro Jacobo Zabludovsky dando la nota. Talina Fernández estaba como enviada desde el Hospital General de Tijuana. En realidad allá vivía. Hacía un programa de esos de ofertas televisivas, junto con Mara Patricia Castañeda.
Lo único que recuerdo es lo que Diego Fernández de Ceballos le respondió, cuando lo entrevistaron sobre el atentado en contra de su adversario como candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio:
        ─ Sólo puedo decirte Jacobo, se refirió al periodista más influyente del siglo pasado, que en este momento mi familia y yo, nos retiramos a hacer oración por la salud del señor licenciado Luis Donaldo Colosio Murrieta. Unos momentos después se anunció su muerte, ese acontecimiento que convulsionó a la nación y que no pude presenciar, porque era “un tema nacional y yo trabajaba en un periódico de provincia”, como me ilustró el “Estropajo”, como le dicen mis amigos Javier y Juan Jaramillo Frikas al periodista Víctor Hugo Bolaños.

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