martes, 30 de agosto de 2016

Dos neuróticos y el alcalde futbolista

Se equivocó este fulano cuando pensó
que podía emplear al futbolista para ganar una elección
y luego ser él quien, a la sombra, gobernaría Cuernavaca.
Como político resultó un pésimo empresario

Ricardo Raphael / El Universal / Opinión
Neurótica es una persona que cuando resulta atacada por la espalda saca su sable para atravesarse el cuerpo, desde el estómago hasta la espalda, esperando que del otro lado la punta logre alcanzar a su adversario.
Roberto y Julio Yáñez son dos neuróticos de laboratorio. No está probado todavía que el futbolista Cuauhtémoc Blanco haya firmado un contrato privado para aceptar ser candidato a la alcaldía de Cuernavaca. Pero según el dicho de ambos señores, ellos le ofrecieron y pagaron siete millones como contraprestación.
Roberto Yáñez, fundador del Partido Social Demócrata, lo confesó en horario triple A, el jueves de la semana pasada, durante el nuevo programa que conduce Denise Maerker.
“Ese contrato es cierto… Cuauhtémoc Blanco nos cobró siete millones de pesos por participar como candidato a la presidencia municipal de Cuernavaca,” declaró a la periodista.
Afirmó también que su único y noble propósito era traer felicidad para la ciudad de la eterna primavera.
“(Queríamos) comprar esperanza,” abundó al día siguiente en otra entrevista con Alberto Millán, en un noticiero morelense (http://bit.ly/2buqPGS).
¡Conmovedor! “Comprar esperanza”… “y también amaneceres” —entonaba una canción de Mocedades durante los años del franquismo español.
En lo que se averigua si el contrato en disputa contiene la firma autógrafa del futbolista, hay ya suficiente información como para alimentar un escándalo grande.
La entrevista de Millán merece convertirse, por entero, en parte de la investigación recién iniciada por el Instituto Nacional Electoral (INE) y roguemos que también pronto por la Fepade.
Cada frase, cada expresión, cada desliz, cada intento de defensa, son pruebas del delito electoral cometido.
“Fíjate que nosotros, como empresarios, como ciudadanos, siempre hemos estado deseosos… de tomar participación en las decisiones de gobierno” —afirma Yáñez— y por este motivo se jacta de haber contratado a una figura pública para que compitiera bajo las siglas de su partido.
Acepta con candidez que fue una negociación —igual a la que hacen los equipos de futbol— pero esta vez realizada por una fuerza electoral con registro para competir en las urnas.
“Es normal,” insiste.
¿Normal para quién? ¿Para los partidos o para los equipos deportivos? ¿Desde cuándo se volvieron lo mismo?
“Creímos que su nacionalismo — que el ídolo que es— iba a dar la cara por los ciudadanos a costa de todo.”
¿A qué ciudadano en concreto quiere este señor Yáñez verle la cara? ¿Por qué un jugador de balompié sería más nacionalista que el resto de los morelenses? ¿Por qué un ídolo nacido en el Estadio Azteca se convertiría de la noche a la mañana en un gran gobernante? ¿En un paladín de la democracia?
Todavía más intrigante: ¿por qué alguien que supuestamente pidió siete millones de pesos a cambio de poner su nombre en la boleta sería un gran mexicano?
Se pasa Yáñez intentando justificar el fraude electoral que con premeditación, alevosía y ventaja recetó a la ciudad de Cuernavaca.
Y sin embargo asegura este falso ingenuo que no cometió ninguna falta. Cabe preguntarle: de haber dado a conocer este contrato antes de los comicios, ¿quién habría votado por Cuauhtémoc Blanco?
Se equivocó este fulano cuando pensó que podía emplear al futbolista para ganar una elección y luego ser él quien, a la sombra, gobernaría Cuernavaca. Como político resultó un pésimo empresario.
Es porque falló su apuesta, que ahora anda desnudo y presumiendo la neurosis a mitad de la plaza. Le dolió que el títere cobrara vida propia y además que, como Pinocho, resultara un mentiroso.
ZOOM: La sanción que el INE vaya a imponer sobre el caso de Cuauhtémoc Blanco debe ser ejemplar. De otra manera podría sugerir un patrón de comportamiento para otros ingenuos —más ricos— con ganas de contratar un presidente de la República para que traiga esperanza entre su pueblo, y de paso sirva luego a sus mezquinos intereses.


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